Cómo acertar al elegir pareja

El experimento del malvavisco (o Marshmallow Test) es uno de los estudios más famosos de la psicología sobre el autocontrol. Fue realizado por el psicólogo Walter Mischel en la década de 1970 en la Universidad de Stanford.

¿En qué consistía el experimento?

Se sentaba a un niño, generalmente de entre 4 y 5 años, frente a un malvavisco.

El investigador le decía algo como:

“Puedes comerte este malvavisco ahora. Pero si esperas a que regrese (unos 15 minutos) sin comerlo, te daré dos.”

Después salía de la habitación y observaba qué hacía el niño.

Las reacciones eran muy curiosas:

  • Algunos se lo comían inmediatamente.

  • Otros lo olían, lo tocaban o le daban pequeños mordiscos.

  • Algunos cantaban, cerraban los ojos, se distraían o incluso se dormían para resistir la tentación.

Años después, los investigadores siguieron a muchos de esos niños y encontraron que, en promedio, quienes habían esperado más tiempo tendían a:

  • Obtener mejores resultados académicos.

  • Tener una mayor capacidad para planificar.

  • Mostrar un mejor autocontrol (dominio de sí).

  • Presentar menos conductas impulsivas.

Esto hizo muy popular la idea de que la capacidad de retrasar una recompensa era un importante predictor del “éxito futuro”.

Con el paso del tiempo, estudios más amplios y diversos demostraron que la realidad era más compleja. Hoy sabemos que el experimento ya no se interpreta como una prueba definitiva del éxito futuro. Sin embargo, sí dejó una enseñanza muy valiosa:

El autocontrol puede entrenarse.

Los niños que lograban esperar más tiempo no eran necesariamente los que tenían más fuerza de voluntad, sino aquellos que encontraban mejores estrategias para manejar la tentación. Entre ellas:

  • Mirar hacia otro lado.

  • Pensar en otra cosa.

  • Cantar.

  • Imaginar que el malvavisco era una nube o cualquier otro objeto.

  • Mantener la atención alejada de la recompensa.

Nivel de maduración de una persona

Hace una semana, junto con un grupo de amigos, lanzamos el curso “Amar, pero en serio”, un ciclo de cuatro conferencias que busca ayudarnos a aprender a amar mejor. En la primera sesión, titulada “Universo masculino y universo femenino”, la psicóloga Andrea Carreño lanzó una pregunta que me hizo reflexionar profundamente: ¿cómo podemos medir el nivel de maduración de una persona? Su respuesta fue tan sencilla como contundente: observando su dominio de sí.

Ponía el ejemplo de alguien que le dice a su novia:

“Te amo, me quiero casar contigo…”

pero todos los fines de semana termina completamente ebrio en las discotecas.

Como vimos en el experimento del malvavisco, el dominio de sí no depende únicamente de la fuerza de voluntad. También está relacionado con las estrategias que utilizamos para afrontar la gratificación inmediata.

De hecho, los niños que esperaban los quince minutos no se limitaban a “aguantar”; desarrollaban estrategias para resistir el impulso de comerse el malvavisco de inmediato.

La fuerza de voluntad ayuda a contener ese primer impulso, pero las estrategias son las que realmente permiten sostener el autocontrol.

¿A qué quiero llegar con esto?

Lista de prioridades reales

Justo dos días después de la conferencia “Universo masculino y universo femenino”, en la que Andrea Carreño habló sobre la importancia del dominio de sí como indicador de madurez, un buen amigo me compartió un artículo de exaudi.org que me pareció muy interesante.

Hubo un fragmento del artículo que me hizo click. Hablaba de la importancia de tener una lista de prioridades reales. Curiosamente, al finalizar la conferencia “Universo masculino y universo femenino”, Andrea nos propuso exactamente el mismo ejercicio: escribir las tres prioridades más importantes que buscamos en una pareja para no perder de vista lo verdaderamente esencial al momento de elegir a la persona con la que queremos compartir el resto de nuestra vida.

Nos invitó a guardar esa lista y volver a leerla cada vez que sintiéramos que nuestras emociones podían hacernos perder el rumbo.

El artículo lo expresa de la siguiente manera:

“Frente a la ilusión de cambiar a alguien sin fundamentos sólidos, se propone la elaboración consciente de una lista de prioridades reales: qué modelo de vida se quiere construir, qué valores compartidos se buscan y qué nivel de entrega se espera. La decisión madura supera la idea romántica, pero pasiva, del «alma gemela». En el matrimonio, la pareja no se «encuentra» perfectamente terminada, sino que se elige y se construye activamente cada día.”

Mientras leía ese párrafo, empecé a preguntarme cuáles podrían ser algunas de esas prioridades. Evidentemente, cada persona tendrá las suyas, pero estos ejemplos pueden servir como referencia para distinguir entre lo que realmente es esencial y aquello que, aunque sea deseable, no debería ocupar el primer lugar.

Prioridades Deseables
Ama a Dios. Que juegue tenis.
Quiere un matrimonio para toda la vida. Que le guste viajar.
Es emocionalmente madura. Que le guste la sandía.
Sabe pedir perdón. Que tenga mi mismo sentido del humor.
Quiere formar una familia. Que le gusten las películas románticas.
Es honesta. Que cocine bien.
Busca hacer feliz al otro. Que tenga mi misma profesión.

Creo que el problema aparece cuando comenzamos a tratar los deseables como si fueran prioridades.

Es completamente válido querer que nuestra futura pareja comparta algunos de nuestros gustos o aficiones. El problema surge cuando esas preferencias pesan más que aspectos fundamentales del carácter, de los valores o del proyecto de vida.

Con el tiempo, una persona puede dejar de jugar tenis, cambiar de profesión o perder el interés por viajar. Sin embargo, el amor a Dios, la honestidad, la capacidad de pedir perdón o el deseo sincero de construir una familia son pilares sobre los que se puede sostener un matrimonio durante toda la vida.

Por eso vale la pena preguntarnos si nuestras decisiones están guiadas por preferencias pasajeras o por convicciones profundas. Tener claras nuestras prioridades no garantiza que nunca nos equivoquemos, pero sí nos ayuda a no perder el norte cuando las emociones intentan tomar el control.

Cásate para hacer feliz al otro

El artículo de exaudi.org concluye con una idea que me pareció tan poderosa que quiero compartirla prácticamente tal como fue escrita:

Para Dorrío, la clave de un matrimonio sólido y duradero no reside en buscar la propia gratificación, sino en situar la felicidad del cónyuge como la prioridad principal. Cuando ambas partes asumen esta premisa de manera recíproca, la relación se vuelve prácticamente imbatible frente a las adversidades, la rutina o las crisis económicas y personales.

A partir de esa idea, el artículo desarrolla tres aspectos que considero especialmente valiosos.

La mirada puesta en el futuro

Elegir con quién casarse implica pensar mucho más allá de la emoción del presente. Significa preguntarse:

¿Es esta una persona capaz de cuidar, sostener y proteger a su familia cuando lleguen los momentos más difíciles?

Es fácil amar cuando todo marcha bien. Lo verdaderamente importante es saber quién permanecerá a tu lado cuando aparezcan la enfermedad, los problemas económicos, el cansancio o las dificultades propias de la vida.

El perdón y la corrección

Ninguna pareja está formada por dos personas perfectas.

Por eso, saber pedir perdón, aceptar una corrección con humildad y señalar los errores del otro con delicadeza no debilita la relación; al contrario, la fortalece.

Las conversaciones difíciles dejan de ser discusiones para convertirse en oportunidades de crecimiento cuando ambos buscan el bien del otro y no simplemente tener la razón.

La alegría en la vida cotidiana

Muchas veces pensamos que un matrimonio se sostiene gracias a grandes demostraciones de amor.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho más sencilla.

Una sonrisa al terminar un día pesado.

Una palabra de ánimo.

Un gesto de cariño.

Un “gracias”.

Un abrazo inesperado.

Son esas pequeñas decisiones, repetidas día tras día, las que construyen una relación fuerte y resistente al paso del tiempo.

Reflexión final

Mientras escribía este artículo me di cuenta de que tanto el experimento del malvavisco como la conferencia de Andrea y la entrevista a Mar Dorrío apuntan, desde perspectivas diferentes, hacia una misma verdad.

La madurez no consiste en hacer siempre lo que sentimos.

Consiste en aprender a gobernar nuestros impulsos para actuar de acuerdo con aquello que realmente valoramos.

El dominio de sí no es una meta en sí misma. Es el medio que nos permite vivir de acuerdo con nuestras prioridades.

Y las prioridades, cuando están bien definidas, terminan guiando nuestras decisiones más importantes.

Quizá la próxima vez que conozcamos a alguien valga la pena hacernos una pregunta antes de dejarnos llevar por la emoción del momento:

¿Estoy eligiendo por mis prioridades… o simplemente por mis deseos?

Porque, al final, un matrimonio fuerte no se construye sobre emociones pasajeras, sino sobre decisiones conscientes, valores compartidos y el deseo constante de buscar el bien del otro.

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